Estudios de Lingüística del Español (ELiEs)
Cortesía y descortesía: teoría y praxis de un sistema de significación / Alexandra Álvarez Muro


6.2 Los rituales

Me pasa entonces como quien quiere llegar pronto a su nueva jornada,
como quien desea saltar a la otra vertiente, liberándose de tantas
vueltas inútiles del camino, ese como último y casi ridículo vestigio de
mi infancia que descubro en mí.
¿Cómo no había advertido que ya me estaban haciendo
falta mis pantalones largos?
Mariano Picón Salas. Viaje al amanecer.

Los rituales son prácticas sociales simbólicas que tienen por objeto recrear a la comunidad, reuniéndola en la celebración de un acontecimiento. El rito revive la cohesión del grupo y por lo tanto también contribuye a la construcción de su identidad. Los ritos pueden diferenciarse de las rutinas en que estas últimas parecen trabajar en pro de la economía, en el sentido de que son prácticamente automáticas.

Los rituales han sido definidos como patrones verbales repetitivos e institucionalizados, actualizados originalmente y mayormente para propósitos religiosos, una de cuyas funciones es la regulación de situaciones de paso tales como el nacimiento, el matrimonio, la muerte o la iniciación que ayudan a soportar sentimientos de miedo e inseguridad surgidos de la situación lábil de las fases de paso (Goffman 1971, Schrader-Kniffki 2003: 98-99). Goffman (1971) aplica el concepto de ritual a lo profano y habla de los llamados rituales de la cotidianidad.

Los rituales parecen establecer un puente entre el individuo y la sociedad, permitiendo la comunicación que, de otro modo, sería imposible, porque la individualidad solamente puede trascender en estas representaciones.

[…] el hombre es doble. En él hay dos seres: un ser individual, que tiene sus raíces en el organismo y cuyo círculo de acción se encuentra, por esta razón, estrechamente limitado, y un ser social, que en nosotros representa la más elevada realidad, sea en el orden intelectual que en el moral, que nos es dado conocer por medio de la observación: me refiero a la sociedad. Esta dualidad de nuestra naturaleza tiene como consecuencia, en el orden de la práctica, la irreductibilidad de la razón a la experiencia individual. En la medida en que es partícipe de la sociedad, el hombre se supera naturalmente a sí mismo, lo mismo cuando piensa que cuando actúa. (Durkheim 2001: 14)

En la teoría de Durkheim, el individuo está inmerso y, de algún modo, obligado por una serie de hechos sociales, el más importante de los cuales es el lenguaje. Así, en su origen colectivo, también las representaciones religiosas tendrían su origen en este vivir en sociedad:

Las representaciones religiosas son representaciones colectivas que expresan realidades colectivas; los ritos son maneras de actuar que no surgen sino en el seno de grupos reunidos, y que están destinados a suscitar, a mantener o rehacer ciertas situaciones mentales de ese grupo. (Durkheim 001:8)

La cortesía participa tanto de rituales como de rutinas; se entiende entonces que la cortesía es un sistema de significación ritualizado compuesto por representaciones y prácticas simbólicas. La cortesía se vale de numerosas rutinas, como las del saludo, la despedida, etc., que economizan tiempo y esfuerzo en la realización de la cortesía. Podríamos decir, en pro de una distinción heurística, que las rutinas son micro eventos de habla, mientras que los rituales son prácticas más amplias –macro eventos– con una función quizás más evidente. Esta función es la de renovar al grupo y aún más, la de identificar al individuo con aquel.

Asimismo, Schrader-Kniffki (2003) señala que, tanto el saludo como el acto de dar las gracias, tienen la función de introducir y concluir rituales como las peticiones y los agradecimientos, pero también la de indexar a los interactuantes en el espacio social. Asimismo engloba, siguiendo a Held (1995) al saludo, no como una parte de la estructura del evento, sino más bien como la expresión de la fuerza ilocutiva del acto. Sin embargo, la distinción entre rutinas y rituales no es una distinción generalizada entre todos los autores.

Los rituales profanos que conocemos tienen evidentemente su origen en los rituales religiosos, como bien lo demostró Durkheim (2001)88. En su teoría, encontramos el origen de la distinción de los dos tipos de cortesía. Durkheim distingue, en efecto, los rituales de abstención o rituales negativos y los de acercamiento, o rituales positivos, siempre relacionados con la religión, asumidos más tarde por Brown y Levinson (1967) en su sistema de cortesía. Para Durkheim, los ritos negativos tienen la finalidad de separar al mundo sagrado del mundo profano y por ello, son ritos de evitación. Se trata, en primer lugar, de distinguir el tiempo sagrado del tiempo profano:

De igual modo, la vida religiosa y la vida profana no pueden coexistir en las mismas unidades de tiempo. Se hace pues necesario asignar, a la primera, días o períodos determinados de los que se aparte toda actividad profana. De este modo surgieron las fiestas. No hay religión ni, por consiguiente, sociedad que no haya conocido y practicado esta división del tiempo en dos partes delimitadas que se alternan entre sí siguiendo una ley que varía con los pueblos y las civilizaciones… (Durkheim 2001: 287)

En algunos lugares, la separación de los tiempos, el sagrado y el profano, está muy marcada. En los Andes venezolanos, el extraño a la zona puede observar que la limpieza y ornato de las casas previas a la navidad comienzan ya en el mes de octubre, pero que las festividades duran hasta los primeros días de febrero, con el fin de las llamadas Paraduras. En este sentido, Clarac (2001)89 contempla un calendario que comienza en octubre con los meses “fuertes”, con las fiestas de San Rafael y San Benito; pasa por un mes de transición, mayo; y luego continúa con los meses de preparación de rituales, noviembre y diciembre, cuando se preparan las fiestas de San Benito y las Paraduras, hasta el día de la Candelaria, el 2 de febrero. Cabe señalar que, según la autora, estos rituales religiosos no siempre son católicos, aunque la población así lo crea, sino que tienen su origen en ritos indígenas ancestrales.

Asimismo hay una distinción entre el espacio sagrado y el espacio profano. Así contempla Durkheim los ritos de evitación del espacio:

Hay todo un conjunto de ritos cuyo objeto es la consecución de tal estado de separación que es esencial. Ya que su función es la de prevenir las mezcolanzas y acercamientos indebidos, la de impedir la intrusión de un dominio en los terrenos del otro, estos ritos no pueden establecer más que abstenciones, es decir, actos negativos. (Durkeim 2001: 179)

Estos ritos negativos, que separan el mundo profano del religioso, no pretenden relegar el hombre al mundo profano, sino todo lo contrario, en realidad buscan acercarlo al mundo sagrado:

El hombre nunca ha concebido que sus deberes hacia las fuerzas religiosas pudieran reducirse a una simple abstención de cualquier relación, pues él siempre ha considerado que sostenía con éstas relaciones positivas y bilaterales cuya reglamentación y organización estaba en manos de un conjunto de prácticas rituales. (Durkeim 2001: 303)

Los ritos positivos tienden en cambio, según Durkheim, a renovar a los individuos y a los grupos a los que pertenecen. (Dürkeim 2001: 345). Así, las ceremonias, actualizan el pasado mítico basado sobre el conjunto de creencias comunes.

El rito, pues, no sirve ni puede servir más que para mantener la vitalidad de esas creencias, para impedir que se borren de la memoria, es decir, en suma, para reavivar los elementos más esenciales de la conciencia colectiva. (Dürkeim 2001: 349)

En la cortesía, el paralelo con los rituales religiosos es evidente: en sus representaciones y prácticas está presente el concepto del ritual, porque como dice Goffman, la cara es sagrada (Held 1995). El ritual se relaciona con las pequeñas ceremonias de la cotidianidad y, en lo antropológico tiene que ver con la regulación, el control y la dominación simbólica de las situaciones. Por ello, los rituales tienen un carácter ceremonioso de representación y son fijos. En nuestra cultura son rituales las visitas, la despedidas, los pésames, las fiestas de cumpleaños y numerosos otros más cercanos a lo religioso, como los casamientos, los bautizos y los entierros. En estos últimos, al ritual religioso se añaden las costumbres que, en cada lugar, acompañan a estas prácticas.

López Lara (2003) señala que, en la visión goffmaniana, el ritual, más que un suceso extraordinario, es parte constitutiva de la vida diaria del ser humano; la vida cotidiana está conformada por ritualizaciones que ordenan nuestros actos y gestos corporales y aparecen como cultura encarnada, cuya expresión es el dominio del gesto, de la manifestación de las emociones y la capacidad para presentar actuaciones convincentes ante otros. En efecto, muchos de los rituales son gestuales, de modo que los movimientos y los gestos corporales se expresan y articulan significados en las situaciones sociales. Grimes (1972) sostiene que los rituales son formas de acción simbólica compuestas solamente por gestos que representan la puesta en acción de ritmos evocadores, que constituyen actos simbólicos dinámicos y posturas que conllevan un silenciamiento simbólico de la acción. Es por ello que, según López Lara (2003), los rituales se relacionan con el proceso de comunicación, porque transmiten información significativa para otros. Asimismo, la ritualización de las posturas corporales específicas en cada cultura (el habitus), está también relacionada con los rituales del poder.
En efecto, las personas muestran sus posiciones en la escala del prestigio y el poder a través de una máscara expresiva, una cara social que le ha sido prestada y atribuida por la sociedad y le será retirada si no se conduce del modo que resulte digno de ella. De ahí que Goffman emplee el término ritual para referirse a los actos por medio de cuya componente simbólica el actor muestra cuán digno de respeto o cuán dignos son los otros de ese respeto. (López Lara 2003).

Recordemos, en este sentido, la magistral descripción que hace Teresa de la Parra de la visita de Mercedes, que había caído en desgracia hasta entonces, a la casa de Abuelita, donde la anciana juega el rol del poder a partir de su postura erguida, majestuosa, caminando hasta el centro del salón –no más– a fin de aguardarla y así obligar a Mercedes a desplazarse hasta donde ella se encuentra. Sólo allí la abraza, en un gesto de condescendencia y de paz.

En este pasaje la autora describe, en primer lugar, el ritual de la visita, la esencia de la cortesía positiva en el acercamiento hacia el otro; pero también los rituales negativos de evitación. En efecto, Abuelita protege su imagen sagrada al esperar en el centro de la sala mientras la visitante avanza hacia el lugar de recepción. En segundo lugar, manifiesta, como era habitual en la Caracas de principios del siglo XX que, entre los miembros de la burguesía, solo el gesto del cumplido, emanado de una persona mayor podía saldar las desavenencias del pasado (véase Valeri 2003).




Notas

88 Igualmente se inspira Saussure en su obra, al definir los conceptos de lengua y habla como social e individual, respectivamente.
89 Véase el capítulo: “El calendario religioso” .





Estudios de Lingüística del Español (ELiEs), vol. 25 (2007)   
 ISSN: 1139-8736